—Decía usted, Gabriel—reanudé—que yo me hallo a la misma altura que cualquier
diplomático europeo. ¿ Puedo saber en qué ?
—Hablábamos de la victoria fascista en España, ¿no era eso?...
—Sí; decía usted victoria, pero calificándola de clásica... ¿Qué quiere decir ello?...
—No es fácil hacérselo entender, dada su carencia total de antecedentes..
—Acaso no sea suficiente haberme hallado en Madrid y el leer en la prensa burguesa y
soviética cuanto se habla de esta guerra civil, al ser ella estos años el acontecimiento
que acapara la pasión y atención de todo el mundo;
pero he creído entender bastante
bien que aquí se libra una batalla importante contra el fascismo agresor y expansionista
de Hitler y Mussolini, ¿no es así?... Y siendo así, la derrota del antifascismo será siempre
una derrota. ¿Hay o no hay lógica en mí?...
—
Sí; hay lógica, pero una lógica de primer grado, totalmente elemental.
—No me va usted a defender que la derrota del antifascismo es un triunfo del
Comunismo.
—El Comunismo es la U.R.S.S., doctor; ¿hasta cuándo lo va usted a ignorar?...
—Y el fascismo su enemigo, ¿no?...
—El enemigo no es el fascismo; sólo hay un enemigo: el Capitalismo. El fascismo es el
nombre de una fracción del Capitalismo, una de sus formas, la última de las que puede
adoptar. Somos enemigos del fascismo, sí; pero en tanto y cuanto él es Capitalismo.
—Bien,
pero no alcanzo a comprender la relación de tan clara teoría con su sorprendente
aserto de que la derrota del antifascismo aquí sea una especie de victoria comunista. Es
absurdo desde su propio punto de vista.
—
No hablo con usted en plan de propaganda; usted no es masa... ¿Cuál es la estrategia
más eficiente y genial tanto en la Revolución como en la guerra? No es la que logra la
victoria derramando sangre propia. Esa es la victoria clásica.
La gran estrategia, la de
nuestro Stalin genial, es la que logra derrotar al enemigo sin derramar una sola gota de
sangre comunista, es decir, soviética.
—¿Y cuál es tan genial o milagrosa estrategia?
—
Hacer que nuestro enemigo luche contra sí mismo.
¿No es genial?... Es tan genial
como simple; resulta ser un puro axioma.
—Sí, en efecto, en teoría es algo perfecto...
Ahora bien: la dificultad está en lograr que el
enemigo se destruya a sí mismo.
—Exactamente;
ahí es necesario el arte, un arte superior al de Aníbal o Napoleón, pero
no crea necesario el milagro. El Capitalismo es en sí contradicción, una contradicción
económica; por tanto,
el principio de su destrucción está ya latente en él; basta con
potenciar esa su Contradicción y elevarla a un orden superior, al orden nacional y al
internacional, y se dará la Revolución, la guerra civil o la guerra entre naciones. ¿Lo ve
ahora claro?... Revolución y guerra son la destrucción del enemigo, la destrucción del
Capitalismo; él se destruye a sí mismo cuando en la lucha no interviene la U. R. S. S.
¿Comprendió?...
—La teoría es clarísima; pero vuelvo a repetir que! no veo dónde y cómo se realiza.
—¿No lo ve, doctor? ¡Si está usted dentro de su misma realización!... Hace un momento
se ha sobresaltado al escuchar ese trueno lejano del bombardeo...
¿Quién muere allá? No
me diga que mueren leales o rebeldes. Sólo mueren españoles... Sepa ya de una vez que
todo hombre, toda clase, toda nación, en tanto no se hallen integrados por el Comunismo
en la U.R.S.S., es enemigo; enemigo en acto o potencial, da igual,
Y el enemigo sólo
existe para ser destruido. Es un axioma tan elemental que no puede ser ni discutido.
—
¿Entonces esta guerra sólo tiene como fin que los españoles se maten entre sí?...
—
Si reducimos la cuestión a un simplismo infantil, así es; pero nunca existe un fin
absoluto; un fin, un efecto, siempre es en sí medio para otro fin más elevado. Hay otro
fin aquí, un fin internacional, un fin universal.
—¿No será un secreto ni una paradoja de las suyas?—interrogué queriendo herir su
vanidad.
—Se ha ganado usted la confidencia por su lealtad y acierto. Además, usted, por sus
circunstancias, es un sepulcro cerrado para cualquier secreto. No teorizaré más a fin de
que me comprenda.
—Gracias; escucho con mis cinco sentidos—le agradecí y estimulé.
—Esta pequeña guerra, guerra y revolución a la vez, ha sido un «salto de caballo» de
Stalin en el tablero de ajedrez europeo. Sepa, doctor, que ha, sido provocada por
nosotros.
—¿Cómo? Debe ser curiosa la técnica de la provocación de guerras.
—No hubo necesidad de una técnica demasiado ingeniosa. La situación nos fue dada, y
ella era perfecta para provocar la guerra.
—¿Situación creada previamente por Moscú?
—No; fue una situación que nos fue gratuitamente brindada.
—¿Por quién?
—Por el Capitalismo, y si usted quiere un nombre más preciso, por su forma democrática.
—Si no precisa más, no alcanzo a comprender.
—Quiero abreviar; No sabe usted algo de Historia Universal en relación a España?
—Lo elemental o poco más.
—Algo es.
Ha de saber usted quién fue y quién es España. Ella llegó a ser el primero y
más grande Imperio moderno. Esto ya es algo extraordinario en un pueblo. Si al Imperio
español se le quiere hallar el más exacto paralelo sólo puede señalarse la U.R.S.S.
—Increíble; la Historia lo define como lo más opuesto.
—Por eso mismo; lo diametralmente opuesto resulta ser igual, pero a la inversa. Si
España, en lugar de servir al Cristianismo, se sirve del Comunismo, su Imperio, que casi
llegó a ser universal, hubiera sido planetario y eterno.
—Es demasiado audaz la conclusión a mi entender.
—En absoluto no. España tuvo fuerza para descubrir y dominar casi tocia la tierra
conocida; pero el Cristianismo engendró una dualidad de poder ... Quien se rebelaba
contra el rey, hombre o pueblo, aunque hubiera sido cristianizado por ella, seguía siendo
cristiano. Y esto le fue fatal. ¡Ah si el rey español hubiera sido a la vez Sumo Pontífice de
la Iglesia Católica!...
—Hubiera sido un César divino, un Alejandro, un Nerón.
—
Pero eso se lo impedía, su propia fe, su Cristianismo. De ahí que con el Comunismo,
negador racional de todo lo religioso, no puede haber dualidad, y quien contra la U.R.S.S.
se rebela deja de ser comunista, por muy ortodoxo que sea. En su lenguaje, doctor,
comete la herejía de atentar contra los dogmas de unidad y universalidad. ¿Lo entiende
ahora?...
—Sí, pero seguimos generalizando.
—¿Y qué culpa tengo yo de que sea usted con todos los respetos, un analfabeto político
integral?... Abrevio; esta dualidad intrínseca del Imperio español sirvió a naciones y
enemigos más débiles para lograr su destrucción.
El Cristianismo era el vínculo real del
Imperio español. En el momento que subsistía él a través de otro poder, el poder Papal,
fue fácil romper el débil vínculo político.
Quedaba ya sólo por resolver la cuestión de tipo
bélico. No era fácil, porque por testimonios de Aristóteles hasta Napoleón, pasando por
Federico y Wellington, se sabe que el español es el mejor guerrero. No es casualidad que
haya huesos españoles en todos los meridianos del planeta.
—Menos en el meridiano de Moscú.
—Sí, pero fue porque fueron los únicos que se le sublevaron a Napoleón; pero no asegure
nunca que no son capaces de llegar. No vea en cuanto digo el menor signo de un orgullo
racial; el español es un mal soldado,
va llorando al cuartel, pero es un guerrero
estupendo, va cantando y riendo a la guerra. Soy imparcial. Y siendo así el español, hubo
necesidad de inventar una nueva estrategia para batirle. La estrategia que aludí fue ya
empleada contra el Imperio español y contra la misma España.
Los españoles llevan ya
más de dos siglos guerreando entre sí; es decir, derrotándose a sí mismos. ¡2 siglos
ininterrumpidos de guerras civiles!
—¿Por qué y para qué?
—Por y para el extranjero.
Toda guerra civil, colonial o de metrópolis cualquiera que sea
el resultada,
es una victoria de la nación rival.
—¿En este caso?...
—
La permanente y total: Inglaterra.
—¿Por qué medio y con qué técnica?
—Inglaterra también tuvo a su servicio una Komintern, mejor dicho, dos.
—No las he oído nombrar.
—Llámele así a aquello de que le habló Novachin.
—¿Masonería?
—
Sí; probablemente la Masonería es una Komintern política, favorable a la nación que la
crea y la utiliza, y también a sus aliadas en tanto lo sean.
—
¿Y la otra Komintern?
—La Internacional de la Finanza.
Entre ambas, por conspiración y corrupción, en alianza
con la congénita estupidez política del español, el hacer que España se derrotase a sí
misma no fue hazaña, extraordinaria. Vea, en un siglo apenas, han sufrido cinco guerras
Fue inspirada por dos de los nuestros, insertados en su partido e íntimos del leader
socialista, a quien halagaban llamándole el «Lenin español», aunque sólo era un imbécil
masón, con un cerebro relleno de cemento, residuos de su antigua profesión. Hecha esta
declaración de guerra a las naciones fascistas, a los tres o cuatro días hicimos la
provocación.
—¿Y cómo?...
—Una célula nuestra de la policía militar entró en la casa donde vivía el jefe de la
oposición y se lo llevó; a la mañana siguiente lo hallaron con, un tiro en la nuca de lo
más clásico.
—¿Y bastó?
—¿Y cómo no?... En realidad, los militares kornilovianos españoles habían encajado
muchas otras provocaciones; pero ésta los lanzó,
¿cómo no?... si aquella noche soñaron
muchos generales y jefes españoles con que llegaba una sección de la milicia, policíaca y
que aparecían al siguiente día con un balazo en la nuca enteramente clásico. Bastó. A los
pocos días, creo que a los cinco o a los seis, se sublevaron las tres cuartas partes de los
militares.
—¿Y no veo la solución de los dos importantes problemas ?
—Fácil; Francia, por afinidad de Frente Popular, suministró armamento al Gobierno legal.
Alemania e Italia, no mucho después, ayudaron a los rebeldes, como era natural.
—¿Natural?
—Sí. ¿No le dije antes que aquel leader español había declarado la guerra en Londres a
las naciones fascistas? Era natural que ayudasen al enemigo de su enemigo. Lo teníamos
previsto, y no falló nuestra previsión.
He ahí como Stalin colocó, no a una primera
potencia, sino a dos, en ambas márgenes del Estrecho de Gibraltar, y se producía el
secular casus belli británico. Sólo restaba ya esperar el estallido de la guerra universal,
premisa infalible de nuevo avance o de triunfo' total de la Revolución Mundial.
—Pero la guerra no ha estallado aún.
—
Es verdad; por ello mantenemos el equilibrio entre ambos bandos, dosificando nuestra
ayuda y tomando el mando directo del Ejército y del Estado legal, porque en tanto esta
guerra dure subsiste la posibilidad de transformarla en europea y universal.
—Ya veo la corrección del plan en lo internacional, ¿pero y en el problema interior de la
U.R.S.S.?
—De esto tiene usted mayores pruebas.
La tensión provocada por la guerra española
entre las naciones enemigas, demócratas y fascistas, permitió a Stalin empezar a
liquidar físicamente a la Oposición. No puede usted olvidar lo que ya sabe, la conexión
del trotskismo con la democracia y la Finanza. Por eso, debe usted meditar en la
coincidencia de que sólo cuando estalla esta guerra podemos fusilar a los primeros
trotskistas, Zinoviev, Kamenev y compañía, y eso que el motivo incidental, el asesinato
de Kirov, databa de dos años. Esta guerra estalla sobre el 20 de julio, y los fusilamientos
son un mes después, allá por el 20 de agosto. A medida que la tensión por España crece
y todas las naciones enemigas se hallan obsesionadas por la guerra, y sin poder
reaccionar, también la depuración crece; aunque no estalle la guerra internacional
ahora, ya valía el que se matasen medio millón de españoles y los que aun se matarán, el
que nosotros pudiéramos asegurar la retaguardia del Ejército Rojo y de la U.R.S.S.,
campo atrincherado de la Revolución Mundial.
—Si he de ser sincero, la rápida sucesión de sus argumentos y la enormidad de los
hechos han superado mi capacidad de comprensión; ahora mismo tengo una pequeña
confusión en la cabeza.
—Olvide los razonamientos; retenga sólo la dialéctica de los hechos. Fíjese: primera
decena de julio,
«declaración de guerra» a las naciones fascistas por el «Lenin español»
en Londres;
cinco días después, la provocación, se liquida al jefe de la oposición; cinco
días más, estalla la guerra civil; un mes después, son fusilados Zinoviev, Kamenev y
compañía; en X días, meses o años, esta guerra provocada provocará la guerra europea y
la mundial. El Capitalismo se matará a sí mismo; el Comunismo triunfará... Como ve,
doctor, la estrategia es tan genial como simple; la dialéctica de los hechos es perfecta,
irreprochable. Y sólo expongo las dos dimensiones principales del hecho capital, la
Revolución, para no aturdirle; pero hay otras en conexión, también enormes.
—He quedado estupefacto, créame; yo he leído en las últimas semanas alguna prensa
burguesa y no he hallado en toda ella, plagada de noticias y opiniones sobre los
problemas internacionales, ni una que aluda o insinúe siquiera nada de cuanto me ha
dicho.
Le dije esto, aun siendo verdad, con la intención de halagarle y así estimularle